Agüeybaná el Bravo y la rebelión de los taínos

Por Jorge Rodríguez, EL VOCERO 4:00 am
A finales de 1510, el sistema de colonización en Boriquén practicado por Juan Ponce de León había vuelto a la gente completamente desquiciada.
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Suministrada.

A finales de 1510, el sistema de colonización en Boriquén practicado por Juan Ponce de León había vuelto a la gente completamente desquiciada. Cristóbal Colón dejó que la isla se rigiera por el sistema de las encomiendas, que consistía en deshabilitar a cualquier cacique, su gente y sus tierras para regalarlos a cualquier persona española. A dos años de comenzar su pacificación, el descalabro fue tal que familias enteras fueron separadas, vecinos de siglos fueran distanciados, para así destruir el núcleo familiar y los cacicazgos. Quienes no comulgaran con estas leyes eran quemados colgados en los árboles o descuartizados, que eran las formas favoritas de asesinato entre los españoles.

El disloque fue tal bajo Ponce de León —interesado solo en el oro de Boriquén y de los usufructos de la industria de la yuca en el valle del Toa—,  que nunca tuvo control sobre los caciques, a excepción de dos de ellos. Estos nunca se reunieron, sentando un grave malestar en la Corona. Agüeybaná el Bravo, familiar de Agüeybaná I, quien diera la bienvenida a los conquistadores europeos en 1492, le hizo frente a la campaña de destrucción de los taínos como pueblo, cuando se le quitaron sus tierras de Coayuco y del Toa. Ponce les regaló las primeras al español Cristóbal de Sotomayor, secretario de la reina Isabel la Católica, quedándose con sus tierras de cultivo del norte. Sin embargo, entre los blancos, otra Guerra seguía al robarse entre sí el oro y las fuentes de alimentación.

La pacificación de las islas de Boriquén y Quisqueya respondían a que en 1518 se invadiría México y estos territorios se convertirían en las primeras y últimas fronteras de España en el nuevo mundo. Desesperados, los indios taínos de Boriquén declararon la guerra a España durante el primer eclipse de 1511, un 3 de enero. En las horas de la madrugada, en Yagüeca, el militar Diego Salcedo sostiene una escena de amor con Guanina, su amada indígena, hermana del cacique rebelde Agüeybaná. Les esperan en las afueras su escolta y otros indios que les regresarían a Puerto Rico, la capital de Boriquén. Cansados de esperar, los indios provocan a que Salcedo termine e inicie marcha hacia el norte. Lo logran y al cabalgarle, le piden no cruce el río. Una vez en este, el español cae y  los indios se separan. Salcedo llega al fondo, y logran dejarle mientras ven cómo se ahoga. Incrédulos, lo sueltan; pero ven que no tiene vida y vuelven ahogarlo. Afuera, llaman a Guanina para que le reviva; pero esta se da cuenta que es un hombre muerto. Vocifera entonces que no es un dios y que hay que declararle la guerra al hombre blanco. Entonces, preparan un areyto para celebrar que los blancos no son inmortales.

 

El grave problema de Agüeybaná consistía de que aunque los caciques conocían que los españoles no eran inmortales, el pueblo sí lo creía. Cuando Colón dejó en el Fuerte de La Natividad, en la Española descubierta, construido con las maderas de la nave Santa María, los hombres tomaban a las mujeres que quisieran, causando un gran malestar con la cacica Anacaona de Jaragua. Esta no veía a los intrusos como amigos y planificó finiquitarles. Nicolás de Ovando, colonizador de aquellas tierras, llevó un contingente de cientos de hombres al cacicazgo, librando una Guerra, y ahorcando a Anacaona en 1503.

Mientras, los españoles en Coayuco, dedicados a hacer sus cabalgadas que consistían en hacer redadas a caballo, en los poblados indígenas para sembrar el horror, y continuar sus practicas de descuartización con perros, a quienes se rindieran marcaban con un carimbo candente sus frentes con la “F” de Fernando el rey español, incluyendo a mujeres y niños. Luego se formaba un mercado para vender a las indias con sus hijos, uno que otro indio sobreviviente, y de paso un perro monstruoso al que llamaban Becerrillo, se encargaba de comer a niños y mujeres. Este mismo año, los españoles hacen una matanza en Loíza donde asesinan a su cacica y su amante, dejando el campo libre hacia Humacao, tierra de indígenas; y comienzan las guerras entre taínos y españoles por toda la isla de San Juan.

“Según la documentación histórica, fue al comienzo del año de 1511, cuando los principales caciques de la isla se reunieron para combatir de manera organizada los abusos y la explotación europea de los indios taínos de Boriquén. En reunión celebrada en algún punto del interior montañoso de la isla, escogieron entre ellos a Agüeybaná el Bravo como el más capacitado y poderoso líder para organizar la guerra de resistencia. Los taínos sorprendieron inicialmente a los invasores por medio de ataques por toda la isla. Pero los españoles se reorganizaron bajo el liderato de Juan Ponce de León y dominaron en las principales batallas de Coayuco, Aymaco y Yagüeca, ocurridas este año. Les dieron la ventaja el contar con armamentos como petos, lanzas, ballestas, saetas, puñales y pólvora además de los caballos y perros de combate. Recientes estudios indican que ocurrieron hasta 43 incidentes militares de diverso tipo por toda la isla, demostrando  que la resistencia indígena fue mucho más fuerte que lo que se pensaba. La cantidad de armamentos que los españoles enviaron desde Sevilla hasta Puerto Rico, fue notable. Este levantamiento general taíno de 1511 es un capítulo importante en la formación de nuestro pueblo que no se debe ignorar o minimizar”, afirma el arqueólogo, Miguel Rodríguez, López, rector del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, del Viejo San Juan.

El ruido de la fama de Agüeybaná el Bravo llegó a Europa donde se pronunciaron en su contra activamente en las cortes, con todo su odio, Juana la Loca, la hija de Isabel la Católica, su padre el rey Fernando, y el papa Alejandro VI. Los historiadores de entonces ocultaron esta épica batalla que duró años y aún hoy, prosigue escondida en toda su magnitud ante el público puertorriqueño.

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