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Clichés y planillas

Como la mayoría de los puertorriqueños, el pasado 15 de abril ejecuté otro cliché terrible
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Por Hugo Rodríguez Díaz 4:05 am

Empezaré con un cliché. He escuchado que no hay mayor satisfacción que el deber cumplido. Aunque se trata de un lugar común, es muy cierto. Quien haya terminado la redacción de una monografía o una tesis ha vivido esa sensación placentera. Quien luego de prepararse, aprueba un examen en la escuela o una reválida profesional, también lo sabe. El que completa con excelencia una tarea de su ámbito laboral, ya sea la confección de un plato en la cocina de un restaurante, el diseño de un jardín, la preparación de un informe estadístico o el herraje de un caballo, experimenta ese efecto, que es una combinación de orgullo y agrado.

Como la mayoría de los puertorriqueños, el pasado 15 de abril ejecuté otro cliché terrible. Como un genio de la publicidad le ha llamado, cumplí con mi obligación contributiva. Se trata de un deber legal y moral. Me pregunto entonces, ¿por qué no sentí esa satisfacción que describí antes?

Quizás sea porque el encasillado para escribir el nombre de los dependientes se fue en blanco. De nada sirvieron mis argumentos al contador que preparó mi planilla para que incluyera ahí a los cientos de miles de puertorriqueños que no trabajan y que tienen sus necesidades cubiertas gracias a los que sí lo hacemos. Tampoco valieron mis súplicas para que escribiera el nombre de los asesores de los legisladores o los bufetes con contratos millonarios, a pesar de que existe un Departamento de Justicia con abogados competentes.

Al ver que el contador rebatió con razonamientos muy técnicos mi primera pretensión, traté entonces de que se incluyeran en el encasillado de donaciones a las miles de instituciones, iglesias y personas que reciben subsidios de energía eléctrica, tarjetas de salud o exención de contribuciones. El resultado fue igual de frustrante. Uno por uno, el erudito profesional desmontó mis alegatos con citas de la ley.

No me di por vencido. Intenté que se incluyera en algún anejo, un crédito por las decenas de horas que dediqué durante el año a casos de oficio. Se trata de los casos penales que el tribunal me asignó para que defendiera a las personas sin cobrar honorarios. De nuevo se me hizo ver que eran teorías dignas del zafacón.

Antes de que siguiera con mis pedidos, el hábil contador desvió el tema a los planos filosóficos. Recurrió al cliché de que los servicios se sufragan con mis contribuciones y que las aportaciones de todos son la base de la sociedad democrática. Recordé en ese punto las filas para comprar los medievales sellos y comprobantes en las ineficientes colecturías. Pensé en las odiseas que pasan los que viajan en las lanchas hacia Vieques y Culebra, los que cruzan los dedos en espera de que el autobús se asome a la parada en el tiempo programado, y en las otras cosas que no funcionan. Tampoco pude evitar que mi mente rememorara los gastos superfluos que no podrían pagarse sin mi dinero.

¿Dónde firmo?, le dije al fin sin esperanzas.

Hugo Rodríguez Díaz

Abogado, escritor y colaborador de El Vocero


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