David y el alba

Antonio Martorell recuerda al fenecido declamador David Ortiz
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Foto de Archivo
Por Colaborador EL VOCERO 4:03 am

In Memóriam

Conocí a David Ortiz Angleró en el escenario del Teatro Tapia en San Juan cuando ensayábamos el drama histórico de René Marqués ‘Mariana o el Alba’ en su estreno de 1965. David interpretaba el personaje del galán mestizo que enamoraba a la aristocrática damita joven de la pieza que encarnaba Silvia Álvarez Curbelo. Mi labor era de escenógrafo bajo la diestra dirección de Pablo Cabrera y fui testigo preferencial de los dramas en y fuera de escena, pues eran tiempos dramáticos ni tan distintos de los que hoy vivimos.

David ya se distinguía por su gallardía, buen decir y actitud aguerrida en lides laborales y políticas. La antesala del Grito de Lares en la casa solariega de Mariana Bracetti cobraba nuevos y sonoros matices al acercarse su centenario en 1968. Nada de eso escapaba al público que ovacionó la obra, su autor e intérpretes. Aquel joven actor abandonaría el teatro pero no la escena teatral, radiofónica, televisiva y, sobre todo, la vida pública que supone el activismo político, gremial, el liderato artístico y artesanal donde su cálida voz enarboló banderas de libertad y justicia.

Nuestra relación de amistad y trabajo comprendió más de medio siglo de aventuras en las artes poéticas, teatrales y en la más difícil de todas: la de la lucha por la independencia de Puerto Rico.

La última colaboración fue en su hermosa grabación de los poemas de Miguel Hernández para la cual tuve el placer y el honor de diseñar la carátula. Pero no fue fácil.

Recuerdo la llamada telefónica a mi casa-taller, en La Playa de Ponce, solicitándome ese trabajo. Estaba yo entonces atosigado de encomiendas y presionado por fechas de entrega. Recuerdo haberle contestado que sí en primera instancia y más tarde haberme negado de forma algo tajante, tan atribulado estaba. No bastó media hora para arrepentirme de mi negación, llamarlo, excusarme y comprometerme a la entrega. ¿Cómo negársele a David Ortiz? Y menos por teléfono cuando su rica voz recorría el registro desde el pedido entusiasta al desaliento por la inesperada negativa para premiarme luego con el regocijo recuperado en el timbre sonriente del agradecimiento fraternal.

Mi generación vive momentos de testimonios y testamentos. La muerte de un amigo nos obliga a retomar el pasado y presente compartidos, el futuro que juntos soñamos y para el cual trabajamos. Un testamento es ante todo una apuesta al futuro. El de David sin duda lo es. La palabra sonora, aquella que se escucha en la temporalidad que supone y el deseo de permanencia de quien la escucha es hoy eco y promesa, testimonio y testamento.

Por Antonio Martorell
Artista Residente
Universidad de Puerto Rico, Cayey


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