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El cataclismo de la eficiencia

La hecatombe la ha causado el anuncio de que todas las agencias serán objeto de revisión
CESCO
Por Hugo Rodríguez Díaz 4:06 am

Que el gobierno haya emitido una deuda que excede los tres mil millones, no parece importar mucho. Que las condiciones para que los bonos se vendieran hayan sido muy onerosas, queda eclipsado por la embriaguez momentánea de que todos los que reciben algún cheque del gobierno, cobrarán. Al menos por ahora.

La hecatombe la ha causado el anuncio de que todas las agencias serán objeto de revisión, ya que el momento ―según nos dicen― presenta la oportunidad para hacer que las operaciones gubernamentales sean más eficientes. Eso sí que es radical.

Existe una cultura muy arraigada en nuestro pueblo que sería arrancada con el desiderátum de eficiencia gubernamental. ¿Se podrán acostumbrar los ciudadanos a que cuando necesiten hacer un trámite en una agencia o corporación gubernamental, logren su objetivo en una sola visita? La demanda por entrar a la facultad de sociología aumentará, ya que la necesidad de explicar el nuevo fenómeno requerirá de tales profesionales.

Sospecho, por otro lado, que los psicólogos se afectarán. ¿Se imaginan cuántos traumas o rabietas se eliminarán si atrás han quedado las largas horas en una fila de la colecturía? ¿O la tranquilidad de espíritu que tendremos cuando no recibamos las explicaciones medievales de un empleado de un CESCO o del CRIM para evitar complacernos en la solución de un problema? Qué alivio será que cuando necesites una copia de un documento, no tengas que esperar media hora, porque los encargados de manejar la fotocopiadora están todos de ‘coffee break’.

La autoestima de los empleados públicos también se verá mejorada. Ya no serán mirados con desprecio por los clientes en las salas de espera, porque no habrá los desfiles a toda hora, de ida a la cafetería y de regreso con la bolsita de papel de estraza. Vivirán el placer de degustar la consabida taza de café en el escritorio al tiempo que trabajan, como hacemos el resto de los mortales. No creo que las medidas incluyan una prohibición absoluta de la ingesta del aromático líquido. Los servidores públicos comprometidos no serán entorpecidos o marginados por las castas políticas que en cada agencia destruyen la productividad. Y ¿qué me dicen de los que toda la vida han conducido sus vehículos, pero al ser nombrados a ciertos puestos, de pronto olvidan que poseen ese talento? De ahí en adelante necesitan un chofer para que los muevan de un lado a otro. Qué bien les haría que recobraran esa habilidad perdida.

Las bonificaciones y licencias que rayan en la prodigalidad y que ofenden a los trabajadores públicos y privados que sí trabajan duro, serán suprimidas. Eso, junto a los festivales que los alcaldes se inventan y a las decenas de feriados, son las reminiscencias del decimonónico “baile, botella y baraja”. Me imagino que serán reducidos al mínimo, aunque todos sabemos que la gente aprovecha los asuetos para reflexionar sobre el prócer homenajeado en cada ocasión.

Pensándolo mejor, creo que los psicólogos seguirán teniendo taller. Su clientela se compondrá de ilusos que creen que lo descrito en esta columna va a suceder.

Hugo Rodríguez Díaz

Abogado, escritor y colaborador de El Vocero


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