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El maestro no puede ganar menos que el chofer

"¿Cómo puede atraerse al ejercicio de la pedagogía a los mejores talentos si la paga es de hambre? ¿Cómo nuestra sociedad avala que el maestro reciba menor remuneración que el chofer?"
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Por Columnistas, EL VOCERO 4:00 am

Hugo Rodríguez Díaz

Su responsabilidad comienza al encender el vehículo y mover la palanca de la transmisión de “P” a “D”. Deben llevar el autobús a través de la ruta y, si es posible, regresarlo sin accidentes. No se les requiere academia, aunque sí una licencia para vehículos grandes, de esas que llaman licencias “heavy”. Su salario es extremadamente atractivo. No tienen que abastecer las guaguas y al devolverlas al corral, no se llevan tareas para la casa.

Los maestros son otra cosa. Conozco una que organizó una actividad para fomentar la escritura de poesía en su escuela. El resultado fue tan positivo que pronto se publicará una antología con lo mejor de las creaciones de sus alumnos. Conozco otra, ya retirada, que pagaba con sus propios recursos las medallas de la graduación de sus estudiantes de sexto grado. De mi propia experiencia, podría hablar de excelentes maestros en la escuela pública donde estudié hasta sexto grado.

No todos son así. El otro día conversaba con una maestra de grado elemental. Su vocabulario era limitado y el flujo de sus pensamientos, lento y trabajoso. Me confesó con una pasmosa naturalidad que no hace lecturas por placer, más allá de sus mensajes de Facebook. Lo de Facebook no me lo dijo, pero la vi con el rabillo del ojo.

Quiero pensar que hay más maestros como los primeros. Sin embargo, cuando supe que el salario básico del magisterio es de $1,750.00 mensuales, mi concepción se tambaleó. ¿Cómo puede atraerse al ejercicio de la pedagogía a los mejores talentos si la paga es de hambre? ¿Cómo nuestra sociedad avala que el maestro reciba menor remuneración que el chofer?. No es de extrañar entonces, que el Índice de Ingreso a la facultad de educación sea de los más bajos.

No quiero caer en estribillos al afirmar que la calidad de la educación tiene que reflejarse en las ejecutorias de la gente. He visto demasiados compatriotas que, luego de doce años de estudios, no pueden escribir un ensayo sin errores ortográficos, mantener una conversación en inglés o computar una propina sin ayuda de la calculadora. Y no hablemos de la falta de conocimiento de historia. Los noticiarios de la noche en los días feriados nos regalan una comedia de respuestas de los entrevistados ante la pregunta: “¿Sabe usted qué celebramos hoy?”

Cierto que algunos entran al magisterio por vocación genuina y lo ejercen con excelencia, pero alabanzas a héroes aislados no describen el sistema. Las aspiraciones de progreso son meros espejismos en un país que tiene en tan baja estima a la profesión más noble. Sin menospreciar la labor de los conductores, la sociedad tiene que decidir, no solo con frases clichosas, sino con recursos económicos, la importancia de la responsabilidad social de cada grupo. Con buenas condiciones monetarias se atrae a las mentes privilegiadas a guiar a nuestros hijos. Si los líderes del país no pueden hacerlo, quizás deberían irse todos a conducir autobuses.


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