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El teatro como extensión de la vida

La propuesta teatral ‘Veveviejo’ ejemplifica la versatilidad artística y temática del maestro Antonio Martorell
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ESPECIAL EL VOCERO/Roberto Bello
Por Jorge Rodríguez, EL VOCERO 4:00 am

Tercero de una serie

 

LA HABANA, Cuba — Como Antonio Martorell se dispara entre tantas direcciones temáticas, estilísticas, técnicas, con múltiples destinos y soportes, en estas salas de exhibición, ha dejado algo científicamente establecido -aunque como ilusión parezca lo contrario-, es nada menos que una unidad como consecuencia de su mundo de dispersión.

Visualmente resalta lo real en la constante de sus motivos, temas y factores que crean una narrativa entre el espectador para que pueda contemplar lo expuesto cual si se estuviera leyendo un libro, saltando décadas, técnicas y temas. El salto mayor lo hace con ´Veveviejo’, hacia el teatro, en una sola palabra con una ‘V’, que se repite como la vida misma del bebé que, como decía su abuela “o te mueres joven o llegas a viejo…”.

“Llevamos el Gestuario a la Universidad de Connecticut y cuando yo estaba dando una gira guiada por la muestra, una señora más o menos de mi edad, hace seis o siete años, me dice: Maestro, esto está precioso, me encanta el concepto, la idea, como usted ha logrado siluetear las imágenes en la pureza del negro sobre el blanco del papel y logrado el lenguaje corporal. Pero hay algo que me preocupa y me dice: Todos esos cuerpos son jóvenes. En dónde están los cuerpos de la personas quienes como usted y como yo, también hablamos con el cuerpo. Señora, le contesté. Caigo rendido a sus pies en señal de gratitud y cuando me vaya pasado mañana a mi país y caiga en mi taller, voy a hacer un número igual de gestos y será el ‘Gestuario II’,  pero con el lenguaje de cuerpo de lo que yo quiero llamar ‘Superadultos’. Entonces, la segunda parte de ‘Gestuario II’ se cuelga ahora de lado de ‘Gestuario I’. Aquí la palabra desaparece porque el lenguaje está en el lenguaje del cuerpo”, dice el artista.

“Me llaman bebé y no saben por qué. Yo sí sé. A los grandes no le importan las palabras. Porque las poseen, las conocen y las usan todo el tiempo. Las unen unas con las otras como cuentas en un collar, casi sin darse cuenta. Viejo es una palabra que se cierra al final y frunce los labios como un anuncio de futuras arrugas, pliegues, colgalejos, foferías, verrugas, venas varicosas, celulitis, pelos donde están de más y su ausencia donde hacen falta”, reza un parlamento de la obra.

“Esto comienza con esos textos que escribió Toño por tres años cuando tuvo su nieta, que le hizo detenerse y dejar una reflexión para cuando pudiera leer. Empecé a eliminar y dejé lo relativo a un viejo y su nieto de entre 82 textos con su técnica de dibujar en vivo, sus anécdotas personales, sus obsesiones e hilarlos teatralmente con instalaciones. De esos monólogos surge una reflexión humana continua sobre la vida y la muerte, y decidí situarme en el lugar del espectador y pensar cuantos podían decirse, leerse, actuarse, dialogarse en tiempo razonable y sus enlaces. Sobre la marcha, modificamos la propuesta del otro, fuera plástica o literaria. Andando y andando, se cuajó un producto fijo y frágil”, declara Rosa Luisa Márquez, a la vez que exalta la línea que dice: ‘Yo me he encariñado tanto con el olvido, como antes me enamoraba de la memoria”.

Humberto Figueroa, curador y diseñador de la exposición matiza que el legado multiejemplar de Martorell, le ha permitido dejar un rastro fiel al dictado de los artistas fundadores del Centro del Arte Puertorriqueño, de la Generación del 50, como Rafael Tufiño y Lorenzo Homar, quienes hicieron arte para el puertorriqueño, del pueblo y para el pueblo. Con madurez, apunta que evade las representaciones comunes y construye otras de fuerza emblemática mayor, fortaleciendo con ello a la comunidad como una extensión de la familia a nivel nacional.

“Yo soy discípulo de esa  generación. El primero expresa la comunicación,  la necesidad de decir, de entender sin que lo entiendan a uno. El  otro también lo enfatiza, pero en su pasión por el letrismo hace que la letra realce el mero vehículo de información y se convierta en sí misma, en protagonismo, valiéndose de las formas, del color, de los ritmos visuales para decir, inclusive, cuando se hace difícil leerla. Entonces surge otra lectura, a otro nivel, que es por ejemplo, la lectura que se da en el baile cuando uno danza sobre un piso y sobre la loceta que tiene su diseño previo, y se crea el alfabeto invisible de los pasos danzantes. Ese espíritu del viaje del ojo, del deslizarse del pie, también pertenece al lenguaje del cuerpo, la caricia y el golpe.  ¡Yo todavía soy su discípulo!¨, manifestó Martorell.

Esta exhibición se concertó en acuerdo y entusiasmo de Moraima Clavijo, directora del Museo Nacional de Cuba, sombrilla que alberga los demás museos temáticos, y de entidades culturales.

“En esta ocasión, el montaje de ‘Veveviejo’ por feliz coincidencia, nos tocó representarla en lo que en un tiempo fue el Tribunal Supremo de Cuba porque ese edificio fue primero centro asturiano, después sede de los pioneros  y ahora del Museo Nacional. La obra está ubicada en el hemiciclo de la sala del Tribunal, que interpreto como algo simbólico, porque ya tengo una historia con el Tribunal Supremo de mi país. ¡Que venga a Cuba y me toque representar aquí, ha sido providencial”, concluyó.

 

Jorge Rodríguez, EL VOCERO

Laureado periodista reportando por más de dos décadas en EL VOCERO sobre los eventos de arte y cultura de Puerto Rico y el mundo.


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