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Martorell teatral y la posibilidad de un destino equivocado

En la coda de la exhibición retrospectiva ‘Imalabra’ se encuentra una de las obras cartelísticas más emblemáticas del maestro titulada ‘La Nueva Vida’
martorell
Fotos Roberto Bello
Por Jorge Rodríguez, EL VOCERO 4:00 am

Cuarto de una serie

LA HABANA, Cuba- En la coda de la exhibición retrospectiva ‘Imalabra’ de Antonio Martorell, en el Mayo Teatral de Casa de Las Américas, con una curaduría de Alejandra Martorell, se encuentra una de las obras cartelísticas más emblemáticas del maestro titulada ‘La Nueva Vida’ (1969), donde una “yen”, una navaja de afeitar clásica de otros tiempos y por muchas décadas arma de defensa y pelea en las calles de Borinquen y del Nueva York recién poblado por los isleños, cercena un paisaje urbano iluminado en silueta, dejando ver en sus bordes la marginalidad de los barrios rurales en la misma ciudad, con un cielo rojo de fondo que además escupe una gota de sangre sobre el metal delincuente, que lleva por marca ‘El Tajo del Alacrán’.

Martorell, quien durante esos años mantenía el Taller Alacrán en el barrio El Gandul de Santurce, en lo que fuera la mueblería de sus antepasados, compartía desde su imaginario una identificación sin cuartel no solamente entre la gente humilde que poblaba su derredor, sino también en el emergente teatro proletario que iba forjándose entonces.

Compañeros histriones de esa época atestiguaron una cartelística novel que nació en los talleres del Instituto de Cultura Puertorriqueña con el maestro Lorenzo Homar, y que se desparramaba en este espacio con una forma masiva de difusión, creándose homenajes a cantantes populares, iconos de tradición, lemas de protesta o máximas a seguir, y por supuesto, los dedicados a la promoción teatral. Ahí cayeron los carteles del ‘Tajo’, cuyos integrantes e intérpretes fueron Lydia Milagros González, Miguel Ángel Suárez, Soledad Romero, Jorge Córdova, Walter Rodríguez, Joaquín Collazo, Ester Mari, Luz Minerva Rodríguez, Mario Vissepó, Martorell y muchos otros. Su visión consistió en forjar un teatro fuera de los moldes tradicionales dominantes, como sucedió paralelamente en otras partes del mundo.

“Con esta exposición, me percaté que desde principios de los 60 estoy trabajando en teatro consecuentemente. Primero tras bastidores: los teatrales y los de seda de la reproducción de la gráfica para los carteles del teatro. Pero luego empecé a aventurarme a escribir unos libretos, seguí como asistente de dirección, vestuarista, ayudando en maquillaje, escenógrafo y luego inició una larga y fructífera asociación con la teatrera Rosa Luisa Márquez, quien me lanza a escena. Ella dice que no me lanzó, que ya yo estaba lanzado, que lo que hizo fue permitirse ser agente catalítico. Antes, en El Tajo del Alacrán fui más bien soporte gráfico ideológico de un grupo dedicado a hacer un teatro diferente, comunitario, cuyo destino era establecer en las barriadas más económicamente desposeídas de la ciudad de San Juan, un teatro que significara, le diera visibilidad, a esa realidad. Por supuesto, todo muy entroncado en la lucha de la independencia, anticolonial. Ahí participé y también escribo algunos textos que nunca pude representar, porque nuestro grupo, como suele suceder, no tuvo larga vida. Fíjate, pasó medio siglo antes que un texto mío, fuera llevado a escena como ‘Veveviejo’.

Dice la curadora Alejandra Martorell que con esta muestra, como última parte de ‘Imalabra’, en exhibición con el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, que su encomienda ha consistido en ofrecer una muestra del trabajo del maestro en apoyo, conmemoración o ejercicio mismo de la actividad teatral y reflexionar sobre esa añoranza y la posibilidad de un destino equivocado. Acota, pues, que hay un desenvolvimiento observable en el tiempo que va desde el diseño de elementos teatrales hasta la puesta en escena de obras de repertorio internacional, pasando por una teatralidad ejercida al margen de los teatros, desafiante, arraigada a momentos y lugares particulares.

Si la apóteosis de la ‘Imalabra’ plástica deja un rastro neopanteísta y simbólico ante el espectador, el ‘Martorell Teatral’ la iguala iconográficamente en la hechura gráfica y técnica escenográfica, así como sus pasos en el arte de la representación. El acopio de imágenes irrepetibles, rescatadas al mundo del espectáculo, constituyen un rescate de la memoria sin parangón. El desfile de escenas en piezas de vanguardia como ‘Manoplazo’ (1985), en respuesta a allanamientos del FBI en hogares y talleres como el de Martorell; la producción técnica del mimodrama ‘Loas’ (1979) de Antonio T. Díaz Royo y Taller de Histriones; la pieza gráfico-teatral ‘Fotoestáticas’ de Márquez basada en la exposición ‘Álbum de Familia’ deMartorell; su actuación como El León en ‘El león y la joya’ de WoleSoyinka; y la escena alusiva al maíz realizada en papel picado y caligrafía de la representación ‘Si el grano no muere’, hecha en Cambridge, Massachusets, dejan testimonio que ya no es la literatura la que provoca la imagen plástica en exclusiva porque la acción dramática se encuentra en ese ménage à trois también.

Jorge Rodríguez, EL VOCERO

Laureado periodista reportando por más de dos décadas en EL VOCERO sobre los eventos de arte y cultura de Puerto Rico y el mundo.


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