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Perfiles de Julia de Burgos en blanco y negro

Hoy se conmemora el Centenario del nacimiento de la insigne poeta.
julia
Foto de Archivo
Por Jorge Rodríguez, EL VOCERO 4:00 am

Con su usual vocación como pesquisidor, el escritor Juan Rodríguez Pagán, autor de ‘Julia en blanco y negro’ (Sociedad Histórica de Puerto Rico, 2001), recordó tiempo antes de fallecer, instancias vívidas matrimoniales, de la inmortal poeta Julia de Burgos (1917-1953), en un pasado aniversario de su nacimiento. El día de hoy, 17 de febrero, se conmemora el Centenario de su nacimiento en todo Puerto Rico (1914-2014).

Rodríguez retrotrajo la figura de Armando Marín, natural de Vieques, último esposo de la poeta del que nunca se divorció. El trabajaba en un  departamento que se dedicaba a la censura durante la Segunda Guerra Mundial y se desempeñaba como contable, además de ser músico y bohemio. Ellos vivieron en una casa apartamento en Washington, D.C. entre 1944 y 1945, donde también vivía la poeta Marigloria Palma quien se unía a sus noches de vinos y rosas.

La autora de los poemarios ‘Poemas exactos a mí misma’ (1937), ‘Poema en 20 surcos’ (1938) y ‘Canción de la verdad sencilla’ (1939) se casó en 1944 con Marín, yéndose él primero a Washington, D. C., siguiéndole Julia después. La cuestión fue que aun separándose, ellos nunca se divorciaron. Cuando traen el cuerpo de Julia a Puerto Rico, el 6 de septiembre de 1953, para enterrarla, él viene con la comitiva.

Relató entonces Rodríguez Pagán, que a Julia la trajeron vía Eastern Air Lines gratis, ya que con ella inauguraban una forma de traer los muertos. La velaron en el Ateneo Puertorriqueño, en la Funeraria Escardille de Río Piedras y antes de enterrarla en Carolina, la llevaron a la sede de los periodistas. En sus años como investigador de la vida de la poeta, el biógrafo concluyó que Julia nunca fue a Vieques. Ella sí le mandaba cartas a la mamá de Armando y se dirigía a ella como ‘Madre’.

“Le dice que la tenga como una hija más y que algún día espera conocerla en Vieques. Ellos siempre tenían los planes de regresar a Puerto Rico, pero se trataba de una ilusión porque en realidad eso nunca se dio. Después que Julia deja a Armando en Washington, vive con familiares hasta que conoció a Olivo Muñoz Arce, un señor que conoció en un bar. Ella estaba sentada en una mesa, él llegó y le preguntó: ‘¿Está sola?; y ella le contestó: ‘No, porque ahora estoy contigo’. El le dijo esas palabras y desde aquel día, él le puso un cuarto y era un ser tan noble, que aunque Julia estuviera con otra persona, él siempre estuvo pendiente de si tenía un antojo. El salía corriendo a buscarle lo que fuera. Eso me lo contó Isabelita Cuchi Coll porque ella lo conoció”, agregó.

La figura de Muñoz Arce es muy importante en la vida de Julia dado el caso de que se convirtió en el custodio de su planificada autobiografía, comenzada mientras convalecía en un hospital de Nueva York. Ella estuvo con él hasta el 48. Ella le llamaba Pucucho y él le decía Pucucha, dice Rodríguez Pagán; y añade que él escribía sus cositas, al estilo de ‘Retablos de la aldea’, pero que cuando conoció a Julia y leyó su poesía, dejó escribir.

“Julia le entregó a él, el texto original del diario que ella llevaba. Julia le había escrito a don Olivo como 150 cartas, pero él, en un viaje que dio, se las entregó a (su hermana) Consuelo. Don Olivo se mudó a Puerto Rico, al barrio Pajonal de Florida donde vivía con una señora y luego, en los 80, se volvió a Nueva York. Para el Primer Congreso Internacional Julia de Burgos, en el Ateneo, en el 92, él mandó el diario que lo entregaron a Belén Barbosa y Edgar Martínez Masdeu, quien estuvo a cargo de la sección de literatura. A ese diario le faltaba la primera página y por alguna razón, don Olivo me la había dado con la página final”, puntualizó el escritor.

Algo lamentable del diario es que en el original, se nota que borraron nombres del diario. Julia lo escribió a lápiz y encima de algunos nombres que borraron, le escribieron en bolígrafo otros. Incluso le pusieron nombres de personas que no habían nacido en ese momento. El diario es de 1948.

“Tú ves las páginas y ves a las leguas que le cambiaron nombres. Por ejemplo, en el día 18 de abril del 48 de su diario escribe: ‘Hago en mi imaginación formas alegres de mis sobrinos Juanito, Consuelito’ y dice después ‘Juaneto Saes  corales’ a quien respeto y aprecio’. No le pusieron acento a Sáez, ni le pusieron la zeta tampoco. Además escribieron el otro apellido en minúscula. Julia tenía una gramática perfecta, ése era su oficio. Todo eso lo añadió alguien en otra letra en bolígrafo y mal escrito”, concluyó.

DIARIO INTIMO DE JULIA DE BURGOS

 (Primer día)

 Es media noche. Sorbemos la mitad de una noche inmensa que no parece parar nunca su rodar siniestro.

La mañana se inició con este epitafio a mi libertad de movimientos.

Diagnóstico privado del doctor. Sus brazos sobre mi carne enferma, mientras mi alma coge rumbo de los seres queridos…Estoy en medicina general, en observación y análisis. La primera impresión, a lo que me intuía, fue agradable.

Nunca había sido internada en un hospital, y en mi psiquis estas instituciones tenían el significado de presiones soñolientas que despertaban solamente a una agonía, a un grito de dolor, a un estrujón de desesperación  o desconsuelo. En cambio la primera impresión visión de mis ojos predispuestos fue un hermoso bouquet de dalias rojas que parecían sonreír a cada paciente, amorosamente.

El salón espacioso e inmaculadamente limpio invitaba más bien a descansar que a padecer torturas físicas o desórdenes mentales.

Me asignaron una cama entre las tantas que pueblan el salón. La número 14. No la había mejor para mi gusto. En la espalda la claridad y el aire me eran vecinos a través de una ventana. De frente la gran puerta de entrada y el espacioso corredor desde donde puedo divisar cuanto acontece, sintiéndome así familiarizada con acontecimientos fuera del salón. A varios pies de mí la máquina de leer las radiografías, de manera que entretengo mis horas entre huesos humanos y doctores que tal vez ignoren mi interés en estas cosas.

Inmediatamente me asignan el médico que comenzará las investigaciones y los análisis en torno a mi persona. Es de origen griego, amable y simple.

Análisis generales y especiales. La calma me domina. O quizás el aturdimiento que muchas veces acompaña la sensación de lo nuevo. Se derriba la tarde. Es ese lapso del atardecer al anochecer en que verdaderamente se siente la soledad. Sin embargo, entrada la noche siento nuevos compañeros que entretienen mi nostalgia. Son las luces de los edificios que quedan a mi espalda, que se cuelan por mi ventana para coquetear con las luces internas del hospital. Las luces del botiquín que están frente a mí son las más asediadas. Juego como una chiquilla a enamorar los dos reflejos y se me olvida la sensación de donde soy.

El apagar de las luces a las 9:00 pm acompañado del aparecer de las cortinas negrísimas sobre las ventanas casi me hace lágrimas.

Es cuando por primera vez me doy exacta cuenta de donde estoy. Donde primero me asoma de repente la disciplina.

Con los ojos enormemente abiertos tomo mi puesto en la larga noche. Pero me equivoco. No es una noche cerrada lo que me espera.

A poco vuelven a aparecer, como nubes, los termómetros, las tomadas de pulso, las píldoras, etc. A las doce de la noche despiertan a las recién llegadas para levantarlas a ser traspasadas por la fluoroscopia. Entre ellas, sonámbulas las más, iba yo.

Pero a mí no me tuvieron que despertarme. Mis ojos habían cerrado sólo para pestañear. Como en mi anterior vida de libertad de movimientos, fui yo la última en esta excavación humana.

De manera que pude apreciar la interesante epopeya de algunos cuerpos maltrechos. Vuelvo a la cama, a seguir pensando y a mirar las semiluces del botiquín que ahora no juegan fuera de la ventana, sino con las semiluces, bombillas de la mesa de la enfermera encargada de la noche prisionera.

 Este es el primero de una serie con motivo de la ‘Bohemia con Julia en el Equinoccio’, una iniciativa del Museo de Arte de Puerto Rico y EL VOCERO. 

Jorge Rodríguez, EL VOCERO

Laureado periodista reportando por más de dos décadas en EL VOCERO sobre los eventos de arte y cultura de Puerto Rico y el mundo.


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