Salón de la Fama: la opinión de un votante nuevo

La verdad cruda es que no hay manera de saber con certeza qué astros lograron estadísticas limpias y quiénes las inflaron artificialmente.
Greg Maddux, Frank Thomas y Tom Glavine don los nuevos integrantes del Salón de la Fama. (AP)
Greg Maddux, Frank Thomas y Tom Glavine don los nuevos integrantes del Salón de la Fama. (AP)
Por AP 3:43 pm

Por MIKE FITZPATRICK

NUEVA YORK  — La llamada “Era de los Esteroides” no ha terminado ni por asomo. Y algunos de sus efectos secundarios comienzan a manifestarse, al saturar la papeleta para elegir a nuevos miembros del Salón de la Fama y transformar al viejo, pequeño y pintoresco Cooperstown en el mayor campo de batalla del béisbol.

Abundan ahora las contradicciones en torno del recinto ubicado en un pueblito que se autodenomina “el más perfecto de Estados Unidos”.

¿Y saben algo? Hay que aceptarlo. Esto es una secuela del consumo de drogas para mejorar el rendimiento de los peloteros.

Hay consecuencias, caóticas y bochornosas para el béisbol. Y son además merecidas.

De este modo, Greg Maddux, Tom Glavine y Frank Thomas fueron elegidos el miércoles nuevos miembros, mientras que Craig Biggio se quedó cerca y Jack Morris fue ignorado en su última aparición en la papeleta entregada a los votantes de la Asociación de Cronistas de Estados Unidos.

Los electores se mostraron divididos respecto de los toleteros Mike Piazza y Jeff Bagwell. Barry Bonds y Roger Clemens se quedaron muy lejos.

En realidad, estos debates intensos e interminables surgieron hace décadas. No hay forma de que una elección de integrantes del Salón de la Fama pueda transcurrir en forma tersa, aunque no hubiera en el entorno una sospecha de trampa por parte de algunos peloteros.

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Al votar por vez primera, considero que es un honor y un privilegio el tener una voz en este proceso. Medité largamente mis elecciones iniciales —durante años, se los aseguro— y las discutí prácticamente con cualquier persona que estuviera interesada.

Probablemente también con algunos que no lo estaban mucho.

Desde luego, cuando yo era más joven, jamás imaginé que contemplaría documentos de la corte, testimonios ante el Congreso y acusaciones ante un jurado investigador. Creí que bastarían los números en las franelas de todos esos peloteros, cuyas tarjetas coleccioné, y mis recuerdos de un campocorto que llegaba a un batazo al parecer inalcanzable.

Pero el mes pasado, cuando llegó mi turno al bate, la tarea fue mucho más difícil. La papeleta está atiborrada de candidatos meritorios, muchos de los cuales han permanecido ahí, con la mancha del supuesto consumo de esteroides. Se puede seleccionar a un máximo de 10, y los seis criterios específicos a seguir incluyen integridad, deportivismo y carácter.

Tras muchas deliberaciones, seleccioné a ocho ex peloteros: Bagwell, Glavine, Maddux, Mike Mussina, Piazza, Tim Raines, Curt Schilling y Thomas.

Tengo mis motivos y razonamientos, como todos los votantes. Acepto que una o más de mis selecciones pudieron haber consumido esteroides u otras drogas ilegales. Estoy al tanto de que excluí a muchos gigantes. Desearía que no hubiera sido así.

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La verdad cruda es que no hay manera de saber con certeza qué astros lograron estadísticas limpias y quiénes las inflaron artificialmente. Pero hay una duda razonable sobre si ello importa siquiera en este punto.

De hecho, la integridad del Salón de la Fama, y la del propio deporte, se comprometieron en el momento en que los jugadores comenzaron a doparse y nadie hizo algo para impedirlo.

Culpen a quienes consumieron las drogas y se enriquecieron. Culpen a quienes no las tomaron pero guardaron silencio tanto tiempo. Culpen a los comisionados o dueños que miraron hacia otro lado mientras el dinero seguía fluyendo. Culpen a la prensa, si quieren, por jugar al loco y perderse la historia hasta que era demasiado tarde.

No importa. No hay marcha atrás. Algunos jugadores que hicieron trampa llegarán al Salón de la Fama. Quizás ya llegaron.

Por ahora, peloteros que merecerían llegar no pueden hacerlo, al menos en parte debido a sospechas infundadas o papeletas congestionadas. Muchos piensan que ello ocurrió otra vez el miércoles.

Lamentablemente, no existe una solución prístina. Ya no.

Y cualquier persona a quien le importe este tipo de cosas, desde las oficinas generales de las Grandes Ligas hasta los aspirantes al Salón de la Fama, desde los votantes que tienen voz hasta los aficionados que carecen de ésta, tendrán que soportar las consecuencias.

AP

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