Sigue inspirando la obra de Lorenzo Homar

La colección de Luis Abraham Ortiz y las hijas del artista Susan y Laura, se recoge en la exposición ‘100 Años de Lorenzo Homar 1903-2003’, en el Museo de Arte e Historia de Arecibo René Marqués.
homar
Por Jorge Rodríguez, EL VOCERO 4:00 am

El maestro Lorenzo Homar en sus usuales ejercicios matutinos en la playa de Ocean Park, en apariencia se observaba menudo y frágil, y hasta lejano con una cabellera plateada, de delgados miembros y finos dedos; hasta que de repente, tras densos ejercicios de respiración, comenzaba una rutina acrobática para mantener el equilibrio en la arena y daba saltos circenses que inmediatamente atraían a todo público.

Homar, quien por tantos años practicara esta disciplina desde que perteneció al mundo del circo, unas horas después se movía a una suerte de trastienda de covachas, celdas o salones —porque lo eran—, en los cuarteles fundacionales de la Escuela de Artes Plásticas (EAP), que estaba ubicada en la parte trasera del actual Archivo Histórico de Puerto Rico. Esa sección de la histórica escuela —en otrora, una prisión española—fue sede del Taller de Artes Gráficas del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), que organizó y dirigió Homar, a partir de 1957.

Tras su arribo de Nueva York, siete años antes, nunca tuvo experiencia profesional haciendo carteles, aunque siempre estuvo interesado en este medio desde que la ciudad de Nueva York revolucionó el cartel dentro de los subways. En Puerto Rico, en contrapunto, el medio surgió por la necesidad imperiosa de proveer al pueblo —en su mayoría analfabeto— de imágenes sencillas que comunicaran un mensaje esencialmente educativo. Esto se hizo a través de los talleres del proyecto de la División de Educación a la Comunidad, que creó el gobernador Luis Muñoz Marín.

Este panorama unido a la falta de estímulo para la artes tradicionales hicieron preferido el medio del cartel entre los artistas modernos puertorriqueños. Estos fueron quienes precisamente, formaron parte de la Generación del 50 del pasado siglo, con el estilo particular de afincarse en una auténtica estética nacionalista. A Homar, no obstante, la experiencia en Nueva York, le dotó de un bagaje visual y técnico que más tarde adaptó a su producción cartelística.
La crítica ha destacado que su visión se constituyó en puente entre la tradición cartelística más antigua y la puertorriqueña incipiente de entonces. Regresaba Homar a su natal Puerta de Tierra, donde nació el 10 de septiembre de 1913, para convertirse no sólo en el maestro del grabado puertorriqueño y del medio del cartel, sino que logró convertir el medio, a través de las generaciones de estudiantes que enseñó, en un favorito de las masas y el público latinoamericano.

Es la doctora Carmen Teresa Ruiz de Fischler, directora ejecutiva del Museo del Turabo, quien mejor aquilata la obra cartelística, el grabado y la pintura de Homar, al decir que éste dio un ejemplo de lo que es la excelencia y la búsqueda de las perfección en las artes.

“Su dominio en las artes gráficas, carteles, diseños de libros y pinturas, todo era para revelar que el ser humano supera todas las dificultades en busca de la excelencia a través del arte. Por eso sus prácticas de gimnasia eran prueba de control y perfección. No fue el primero en introducir el cartel; pero sí en desarrollar un corpus que superaba cada nueva meta. La combinación con la tipografía de diferentes alfabetos que hacía, era convertida en símbolos. Homar logró fama internacional, una que iba unida a las Bienales, donde recibió premio y su obra era ejemplo de todos los grabadores que visitaban a Puerto Rico”, manifestó Ruiz.

Homar partió a Nueva York a los 15 años de edad. Allí se hizo aprendiz de orfebre y luego diseñador en la casa de joyas Cartier, en 1937. Estudió además en la Art’s Student League, en el Pratt Institute y en la Brooklyn Museum Art School, donde fue alumno de Tamayo, Obster y Peterdi. Ferviente admirador de los carteles públicos creados por Ben Shan durante la época de la Depresión, a Homar le atraía que eran unas obras hechas para todo el mundo, las que estudiaba como si estuvieran en un museo.

“Los carteles siempre me han parecido el arte público por excelencia”, ha dicho Homar. “Me refiero a la sensación de gozo que sientes en la calle cuando ves un cartel nuevo o viejo que no has visto antes, no importa lo que represente el cartel. Y fíjate el valor y la fuerza de estos cuadros de la calle que para muchos no son siquiera arte y por lo tanto, ni siquiera se exhiben en museos. Ese impacto tan fuerte es lo que establece la diferencia entre una pintura y un buen cartel. Yo percibía esa importante distinción sin poderla articular en aquel entonces”, aseveró Homar en vida.
Una vez entra al Departamento de Arte de la Divedco, en 1951, tanto para Rafael Tufiño como para Homar, el cartel no sólo era una especie de extensión de la pintura sino un placer muy serio. Al definir la función primordial de este medio, éste decía que era para atraer la atención del público hacia un anuncio, que por el hecho mismo de pegarse en paredes públicas requiere que esa llamada al transeúnte tenga un impacto visual.

“Ese impacto puede surgir de una palabra o texto de proporciones imponentes o de la propia imagen plástica y sus formas, ya sean abstractas o figurativas. No es verdad que el texto de un afiche ha de poder leerse desde lejos o que su ‘letrismo’ o caligrafía se deba leer tan fácilmente. Si el afiche tiene impacto, el espectador leerá lo que anuncia. Desde este punto de vista considero que en Puerto Rico la función del cartel se ha cumplido positivamente”, expresó.

También en 1950, unido a Félix Rodríguez Báez, José Antonio Torres Martinó y Rafael Tufiño, instituyen el Centro de Arte Puertorriqueño (CAP), con miras de desarrollar un arte de identificación nacional, que exalte y afirme lo puertorriqueño, además de reunir funciones de taller colectivo, sitio de reunión, escuela de arte y galería de exposiciones en sus cuarteles. Al año siguiente, editan su primer portafolio de gráfica, titulado ‘La estampa puertorriqueña’, siguiendo en este proceso trasuntos ideológicos del Taller de Gráfica Popular de México, donde algunos de los miembros del CAP habían estudiado.

En estos años, el propio Homar recalcaba su método cada vez que un cartel le era comisionado. Ante todo, éste estudiaba y hacía apuntes continuamente por donde quiera que iba en Puerto Rico capturando los diferentes tipos de persona, las casitas de barrio, las grandes casonas del Condado, el tipo de paisaje, el color, las maneras de vestir y los animales. Su preocupación mayor era que los puertorriqueños se reconocieran a sí mismos y su panorama.

“Pensaba que si hacía carteles para el jíbaro, éste tenía que reconocerse aún en los más simples ademanes”, decía en el artículo ‘Arte y tradición del cartel en Puerto Rico’ de Mari Carmen Ramírez. “Tufiño, por ejemplo, me impresionaba, pues pintaba y dibujaba tipos y casas de barrio como nadie. Esto me hizo volver a un estilo más naturalista del que estaba acostumbrado, pero sin sacrificar el nivel de calidad de la obra. Estos elementos tenían que adaptarse a los criterios estéticos que había aprendido en Nueva York, sin sentimentalismos banales de ninguna clase”, acotó.

Para canalizar esta pasión por el cartel, a la que Homar calificaba como una disciplina moderna, don Ricardo Alegría, a la sazón director ejecutivo del ICP, le invitó a que organizara el Taller de Artes Gráficas del Instituto, desde donde —como ha sido su gran legado— impartió su enseñanza a generaciones de artistas puertorriqueños fraguándose y formándose los maestros grabadores y cartelistas de las promociones subsiguientes.

Al fallecer el 16 de febrero de 2003, dejó una obra extensa y variada, comprendiendo los medios de pinturas, dibujos, caricaturas, grabados, carteles, murales, ilustraciones para libros y revistas, diseño de escenografía y vestuario, que domino. Su obra ha participado en exposiciones alrededor del mundo y ha sido, inequívocamente, una de las figuras cimeras de las artes plásticas puertorriqueñas del siglo XX.

El Museo de Arte e Historia de Arecibo René Marqués presenta hasta el 31 de marzo, la exposición ‘100 Años de Lorenzo Homar 1903-2003’, de la colección de Luis Abraham Ortiz y las hijas del artista Susan y Laura. situado en la avenida Santiago Iglesias 203.

Jorge Rodríguez, EL VOCERO

Laureado periodista reportando por más de dos décadas en EL VOCERO sobre los eventos de arte y cultura de Puerto Rico y el mundo.


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