Una Reforma Curricular en serio

"Hay que admitir que la escuela no invita a los estudiantes a reflexionar sobre la vida"
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EL VOCERO / Archivo
Por Columnistas, EL VOCERO 4:00 am

Por José Castrodad, Ph.D.

Vivo en mis sesenta y todavía recuerdo mi escuelita de párvulos y mis escuelas intermedia y superior. Luego de mi último contacto como profesor en currículo puedo decir que desde allá hasta acá las cosas siguen iguales. Todo igual con excepción de la incorporación de algunas que otras computadoras. En particular, y triste reconocerlo, en cincuenta años nuestro diseño pedagógico virtualmente no ha sido tocado. Tenemos a un maestro frente a un grupo de estudiantes, diciéndole lo que es lo verdadero.

Se an realizado alegadas reformas pero todas an sido cosméticas, una región más o una región educativa menos. Pero, nada de una reforma profunda al currículo.

De los asuntos que más preocupa es que el currículo continúa dirigido exclusivamente a desarrollar destrezas cognoscitivas sin tomar en cuenta si ello es suficiente para satisfacer las ansiedades y las necesidades de los estudiantes del Siglo XXI.

Se ha estado argumentado que el conocimiento que se imparte en las escuelas es el imprescindible para el futuro económico del estudiante pero la realidad que ellos viven es otra. Estamos educando a nuestros niños para el desempleo.

Y peor aún, las escuelas llenan sus cabezas de información que no es consultada con el estudiante, y mucho menos le dicen para qué le servirá en su vida.

Personalmente, entiendo que el currículo general no enfatiza en la importante responsabilidad de suplir respuestas a las interrogantes culturales, sociales y emocionales de los jóvenes.  Eso es fundamental en una educación completa.

Este currículo escasamente persigue el desarrollo de aquellas destrezas superiores como lo son el análisis, la síntesis, la aplicación, la comprensión y el pensamiento crítico, ni cómo vivir en una sociedad pluralista, diversa y globalista donde hay que dialogar, negociar y arribar a consensos para que no nos matemos los unos a los otros.

Toda la tarea escolar reduce al estudiante a pasivamente recibir el material un conocimiento que la escuela a decidido que debe reproducir en ellos, pero que no se les presenta, inclusive, en el contexto de la vida diaria. Toda esta situación evidencia cuán enajenada está la escuela y el currículo de los intereses de los estudiantes.

Entendemos que el currículo tiene que ser como un traje hecho a la medida. El currículo debe conectar al estudiante con sus propios intereses, colocándolo primeramente en posición de reconocerse a sí mismo y a su circunstancia político-social.

Con toda esta situación sobre sus hombros, el sistema educativo se resiste darle a los estudiantes y también a maestros, participación en la planificación de la educación, a pesar de que en teoría, la escuela debe responder a los intereses de los estudiantes.

Ante toda esta situación nos preguntamos: ¿Cómo puede la escuela proveer un currículo para los estudiantes si no hay diálogo relevante de tipo alguno entre el liderato escolar con los estudiantes?  ¿Cómo puede el Departamento diseñar un plan curricular que tenga significado para los estudiantes si está totalmente enajenado de la vida cultural de éstos y si no conoce sus necesidades cotidianas ni sus malestares emocionales? ¿Para qué la escuela es útil, entonces, si no los ayuda a contextualizar su realidad social y en lugar se empeña en enajenarlos de esa realidad? ¿Para qué les sirve si no los ayuda a tomar conciencia de que a muchos les resultará más difícil alcanzar sus aspiraciones que a otros y que esos tienen que luchar más que nadie en la sociedad para echar hacia adelante?

Hay que admitir que la escuela no invita a los estudiantes a reflexionar sobre la vida. Es triste admitirlo pero es así. Esto es, las escuelas están dedicadas a transferir conocimiento, a producir actitudes y a acomodar a los grupos diferenciados en el lugar que les corresponde. Eso es injusto. En lugar de producir ciudadanos prácticos, libres, valientes, reflexivos y críticos, la escuela produce ciudadanos pasivos, controlados, temerosos, oprimidos y dependientes cuando puede ser la fuente para la construcción de una sociedad promisoria y justa.

A la juventud, la sociedad le ha enseñado que el triunfo es alcanzado cuando obtienen un buen trabajo. Pero como lo hemos señalado, si el triunfo depende de un empleo, las escuelas escasamente les ayudan para ello. La pregunta es, ¿qué libertades tienen, entonces, los estudiantes comunes para culminar sus propias aspiraciones? Los estudiantes están limitados en el ejercicio de su voluntad para tallarse una vida exitosa, según la definan.  Las consecuencias de las desesperanzas son la apatía, el crimen, la violencia y el vicio suicida.


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